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R.Z mucho mas que una empresa


Pues que como no hay fútbol y lo que hay es cualquier cosa menos deporte mas parecido a un negocio y una empresa , pues que me he puesto nostálgico y, oye, que me apetece compartir esto con vosotros.

Con la ilusión de un niño

Eran las 12 y sonó la sirena de salida del colegio. Al pasar por la garita del portero, me fijé en un cartel que decía “si quieres jugar al fútbol, ven al campo esta tarde a las 6”. Pensé en dónde estaba ese campo, lejos de mis dominios que, en aquellos tiempos, eran mi calle, el camino del colegio y el descampado donde nos dejábamos las rodillas en cada caída o discutíamos sobre si había sido “alta” o la pelota había pasado entre las dos piedras, mochilas o abrigos que delimitaban los postes de la portería donde castigábamos al más pardillo, al último que llegaba o, directa y cruelmente. Al más paquete de todos los elegidos a pies para el equipo.

Un sueño

De camino a casa, soñando en ponerme de corto y salir al campo entre el aplauso del público, mis padres presidiendo, ví que de un cubo de basura asomaba una bota de fútbol. Me asomé al cubo y comprobé que su par también estaba. Las saqué como si hubiese encontrado un tesoro. Eran unas botas marca “nisupu”, del más puro plastiquete, sin apenas cordones, con los tacos desgastados y un agujero en una puntera. Eran dos números mayores al mío. Pero si me ponía tres calcetines no se iba a notar, me dije. Ese hallazgo fue la señal definitiva: esa tarde sería futbolista de los buenos, además.

Emoción, sentimiento y pasión

Y fui al campo, sin decir nada a nadie, con unos pantalones azules, la camiseta con el 10 de Arrúa, dos pares de calcetines, las medias blanquiazules y mis flamantes botas. Todo dentro de una bolsa de retales de piel de las que hacía mi padre en su pluriempleo. El primer cuarto de hora no dí pie con bolo por puros nervios. Pero acabé posándome y, tras cuatro carreras, tres paredes y un par de caricias, decidieron que iba a ser el nuevo lateral derecho del alevín. El 2. Y cuando llegué a casa, mis padres no pudieron regañarme porque, primero, ya me conocían, y, segundo, no les dejé meter baza mientras soltaba un torrente de emociones por mi boca y millones de destellos de ilusión por los ojos.

El fútbol de entonces, el de siempre

Y descubrí el fútbol. El de verdad. El de barrio. Ese fútbol donde el presidente pintaba las rayas del campo, el entrenador era el portero de los mayores, el tesorero llevaba el ambigú y rifaba el jamón, un vocal era el pescatero que compraba las equipaciones y ponía el nombre de su negocio, los padres que tenían coche cargaban con toda la chiquillada si no había buses para ir a jugar fuera de casa.

Mas que un equipo una familia

Y éramos una familia. Nadie faltaba a la cita, siempre estaban todos. Y te animaban aun sabiendo que faltaban muchas horas para hacer de mí un tuercebotas mediano aún. Y no faltaba una coca-cola al final del partido. Si ganábamos éramos héroes. Si perdíamos también, solo que a la media hora de pasársenos el disgusto, justo cuando empezaba el siguiente partido y nos íbamos detrás de la portería rival a “animar” al portero y celebrar cada gol como si fuera el último.

Mi equipo de siempre

Éramos el Santo Domingo Juventud, el mejor equipo del barrio. Y punto. Había otros que decían lo mismo pero nos daba igual, aunque nos ganasen. Entre semana entrenábamos sin descanso y era necesario una varicela, una rotura o que hubiese un terremoto para que faltara alguien. Hasta los gemelos iban y venían solos en bici desde la gasolinera de La Cartuja. Y jamás seré de otro equipo más que de ese. No del de ahora, ni de ningún otro club moderno. Sino de aquel Santo Domingo Juventud donde nadie cobraba pero tampoco pagaba, donde solo teníamos la equipación que heredamos de los que subían de categoría por edad, con esos pantalones enormes porque no había otros o aquellas camisetas que a alguno le sentaban como un camisón. Y nuestra misión. Luchar con orgullo y dignidad. Misión cumplida siempre.

El R.Zaragoza es mucho mas…

Yo no pido que Lapetra marque La Romareda, no quiero que Iribarren regale coches a nadie del club, tampoco es necesario que Sainz de Varanda dé masajes o que los Yarza vendan coca-colas, ni que Rodrigo venda tiras para el jamón. Tampoco quiero que los jugadores se emocionen como niños porque no lo son. Pero sí querría que todos hiciesen memoria y recordaran sus comienzos, la primera vez que se emocionaron con el fútbol, el momento en el que tenían por delante todo un reto y un sueño.

Si no lo saben que se aparten

Algunos lo han cumplido y les queda lo mejor por llegar. Otros puede que ni sepan qué es soñar porque no les ha hecho falta nunca. A estos últimos les pediría que se apartasen, que dejasen a los demás ser felices y disfrutar y, lo que es más importante, sentirse apreciados por los que saben que si cumplen sus sueños, harán que también se cumpla el propio. Aupa el fútbol, Aupa el Real Zaragoza, muerte al fútbol empresa , muerte al fútbol negocio… por una vez.

Alberto Gonzalez

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