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Los detalles de una joven filarmónica


Dicen que los detalles son los que hacen que se superen las cuestiones igualadas, lo que permiten destacar sobre lo habitual y lo cotidiano. Hay quienes nunca destacan, nunca superan nada, se mantienen en la media. Y es muy respetable, a veces la tranquilidad es un estado impagable. Pero en el mundo del fútbol, quien no tiene esa ambición, nunca ofrece a sus seguidores ese plus necesario para sentirse orgulloso y especial por formar parte de algo. Algo que no da de comer, sí, es cierto. Que puede no ser tan trascendente como otras cosas, que no es vital literalmente hablando. Pero sí es tan respetable, tan digno y honorable como escuchar una ópera, un buen libro, una gran película, contemplar un paisaje, jugar al ajedrez o dedicarse al cultivo de hortalizas ecológicas, por nombrar otras ocupaciones más “culturalmente” aceptadas que el fútbol en la actualidad.

La suerte es el fruto del trabajo y la ambición

Algunos llaman suerte a esos detalles. Es posible que haya un porcentaje de ello. Pero mínimo. La tópica frase de que “la suerte hay que buscarla” no es otra cosa que el reflejo de lo que estamos hablando. Es el premio, la consecuencia del trabajo. Es como los músicos: lograr que un instrumento suene es fácil. Que suene afinado conlleva más trabajo. Dominar el instrumento es algo reservado para menos personas. Y darle gusto, personalidad, matiz o carácter a una canción es cosa de pocos. Este último paso son los detalles. El esfuerzo para conseguir estos últimos detalles requiere cien veces más trabajo, ensayo y entrenamiento que cualquiera de las fases anteriores.

Una “orquesta” en constante ensayo

Justo en esto está nuestro Real Zaragoza. Y puede que aún falte. Y ellos lo saben. Siguen trabajando para convertirse en maestros. Son cosas que no se conseguirán en un año ni en dos. Pero en la orquesta de la segunda división, donde todos los equipos tocan canciones pero no las interpretan, donde algunos desafinan sonoramente, el trabajo y el ensayo denodado empieza a dar frutos y empezamos a destacar sobre muchos. Y así debe continuar para conseguir un primer papel. O un solista. Quien cree que ya sabe todo, quien deja de trabajar, quien deja de ser humilde, acaba cayendo y siendo superado por los que siguen aprendiendo y superándose.

Para alcanzar la madurez del equipo “grande”

Detalles como la reacción de los jugadores dentro del bus al ver a la afición, como cuando uno sabe que tiene que tocar el violín en la Scala de Milan repleta. Eso te hace madurar. Partidos como el de Pamplona, con todo el mundo en tu contra. Y ganarlos. Todo eso no es suerte. No es solo que el portero para o que se es más efectivo. Es trabajo, es controlar ansiedades, superar ambientes, es empezar a ser grandes.

Es madurez. Madurez en segunda, dirán los de primera. Sí, por supuesto. Pero a muchos les daríamos ya sopas con honda. Hay una decena de equipos en primera que no han vivido en su vida un ambiente como los que aquí han vivido ya nuestros jugadores. Nuestra plantilla ha evolucionado. Y ni ellos creo que son conscientes. Dejémoslos así, que la cosa nos va muy bien. Impermeables. Y centrados en el siguiente detalle a añadir. Tiempo habrá al final de la temporada para analizar todo lo progresado. Y más de uno se quedará asombrado.

Con un director que esta acertando con la “nota”

No puedo menos que acabar rindiéndome a la evidencia. Una parte importante de la orquesta. La persona que parece que solamente se pone delante y mueve una batuta a ritmo. Pero que debe conocer la partitura de todos los instrumentos, todas las voces, los acordes, los tiempos, la intensidad de cada nota. E indicársela a cada músico en cada instante. Y que empaste, que no se desincronice, que la música no se convierta en ruido. Labor complicada y muchas veces desconocida por los profanos. Pero, al final, hasta cuando el público aplaude, solo él y sus músicos saben dónde ha habido desajustes o pequeños errores que pasan inadvertidos para el resto. Y solo ellos saben cómo se ha tenido que improvisar en algunos momentos para salir airosos de situaciones que amenazaban fiasco. Lo que llamamos “salir del paso”.

Trabajo para pasar del “ruido” a la música…

Detalles. Todo detalles. Pero poco de suerte, nada de casualidad. Trabajo, trabajo, mucho trabajo. Trabajo con Febas, ese que dicen tiene unas dotes enormes. Trabajo para decirle lo que debe hacer y no. Que se notó que quería obedecer. Y se notó que le costó pero acabó a gusto con su papel. Trabajo del equipo de dirección. Mucha mano izquierda manteniéndolo por encima de otros en el campo para no hundirlo. Dará sus frutos. Trabajo con Verdasca, más de lo mismo, otra promesa. Trabajo con Papu, que cuando aprenda a solfear será la leche porque tiene un oído bestial. Trabajo con Guti, al que le dan partichelas de solista muchas veces y  no tiene problemas con tocar una segunda voz en el siguiente concierto. Trabajo con Borja, único en su género en esta orquesta.

Trabajo con Delmás, con Lasure, con Pombo… esos chavales que comenzaron casi con dientes de leche en la escuela. Trabajo con los jugadores consagrados, con los que tienen nombre, con los que sostienen la base, los que salen a socorrer a las estrellas de futuro cuando se les acaban los recursos, los que los ponen en su sitio cuando la juventud los vuelve temerarios. Ese es el desconocido trabajo del director.

No somos maestros pero ya “acariciamos oídos”… y mejor que sonaremos…

Sí, vale, no somos la Filarmónica de Viena. Pero ya somos una filarmónica. Ya somos más que una banda con renombre. Ya tenemos un buen elenco de músicos experimentados. También jóvenes promesas. Y una buena escuela que nutre al equipo. Cada vez nuestro club empieza a ser más y más atractivo para todo aquel que quiere triunfar y vivir sensaciones diferentes. Lejos queda ya ese tiempo en el que nadie quería venir. La temporada, pase lo que pase, es ya un éxito. Igual nos llaman para el Concierto de Año Nuevo. Sería la guinda. O quizá no, no lo sé. Pero el éxito es saber que estamos capacitados, que podemos permitirnos, a pulso, tener la ilusión de hacerlo. Y el público lo pide. Y también se lo merece, quizá más que nadie. Y aquí en esta plaza, cuando el público cree, cuando dice que sí… pues es que sí.

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